Soria posee a los pies de la sierra de Urbión está uno de sus municipios más bellos, Vinuesa, en el corazón de la Tierra de Pinares, en la Soria Verde, al norte de la provincia y muy cerca de un lugar enigmático, la Laguna Negra. Pero el que aquí nos ocupa es el de Muedra o La Muedra –de ambas maneras se le designa, localidad muy cerca de Vinuesa– que quedó bajo las aguas tras la construcción del embalse de la Cuerda del Pozo. El pueblo desapareció sumergido pero la torre de su iglesia nunca se ha anegado, ni en los inviernos de lluvias torrenciales, y así sigue, vistosa y altanera, lo que ha rodeado de un halo de misterio al lugar. Como en Gesmemori nos gusta mucho viajar –no tratar solo de software de gestión funeraria– en esta entrada nos iremos hasta Soria, concretamente Muedra.


En 1923 se aprueba la construcción de un pantano en la cabecera del río Duero. El 9 de septiembre de 1941 se inauguró la presa de La Cuerda del Pozo, quedando dentro del embalse el pueblo de La Muedra. En aquel entonces la población, situada entre Vinuesa y El Royo, contaba con unos trescientos habitantes y unos noventa hogares. Tras la construcción del pantano parte de los vecinos se alojó en la población visontina, situada a solo cinco kilómetros de distancia, mientras que otros optaron por Molinos de Duero, Salduero o Abejar, entre otros lugares cercanos.


Era La Muedra un pueblo tradicional de labranza en el que el día a día se alcanzaba con la agricultura, la ganadería y la economía doméstica. Un pueblo feliz que cuando sus habitantes tuvieron que marchar empezó a llenarse de leyendas y misterio.


Todas las casas contaban con la majada para guardar las ovejas y un huerto. Había incluso una ferrería puesta en marcha en el siglo XIX por un indiano, cuya chimenea ya se había derrumbado antes de la inauguración del pantano. Estaba también la escuela mixta, la tienda del tío “perrillas”, el molino del tío “fariñas”, la ermita, el ayuntamiento, la plaza… y la iglesia parroquial, dedicada a San Antonio Abad y su torre, que se niega a desaparecer y que todavía puede apreciarse.


La ruta que parte de Vinuesa y llega hasta el embalse se ha convertido en uno de los mayores reclamos turísticos de la zona y supone para el visitante no solo un viaje al pasado, también adentrarse en un enigma por el cual la altiva espadaña se resiste a quedar bajo el nivel del agua. Como en otros pueblos anegados, la leyenda dice que todavía se escucha tocar las campanas de la iglesia.


Cierto es que cuando llega la sequía el lugar emerge y se puede observar con claridad cómo eran sus casas pero el caso es que la torre nunca ha quedado sumergida. La singularidad ha despertado el interés de televisiones y otros medios, como también lo ha hecho el cementerio, situado a un nivel superior. El camposanto quedó a salvo de las aguas al estar más apartado del núcleo urbano, lo que se podría interpretar como una alegoría de la resurrección o el triunfo de lo tangible, de lo que está.


El pantano obligó a desaparecer a un pueblo como tantos otros, pero supuso una infraestructura en la cabecera del Duero imprescindible para toda la provincia de Soria. Además el embalse es la playa de la comarca, con infraestructuras náuticas y la posibilidad de practicar numerosos deportes.